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sábado, 16 de enero de 2021

¿POR QUÉ LA MATA?

Psicología del feminicida.

 


Un señor se divorcia, se produce una separación de pareja, y el hombre va y mata a su ex amor.

En este artículo nos planteamos una esquemática reflexión sobre lo que le pasa por la cabeza al feminicida, para matar a su ex mujer.

- La tesis machista es la de la apropiación de la mujer por parte del hombre: la siente y la considera de su propiedad.

- A la tesis económica se la ve clara en el sistema de la esclavitud.

Aquí, la ideología del amo y el esclavo de Hegel, nos muestra un ejemplo de matriz ideológica metida en el amor.

Hay muchas más hipótesis que intentan explicar y hacer comprender este terrible hecho, que va contra el sentido común.

Vamos a hacer una reflexión a partir de algunos conceptos del psicoanálisis, teoría que propone explicar el funcionamiento del inconsciente. 

En la historia de la filosofía, Freud nos sorprende con la tesis de que hay ideas inconscientes en la mente, por lo cual las conductas conscientes del sujeto, son determinadas por este inconsciente.

Quizás el lector pueda sentir el vértigo que esta idea produce. ¿Si no soy yo el que piensa, quién piensa en mí? “Soy hablado”, dirá Lacan. ¿Quién o qué me habla? - “El lenguaje”.

Estos vericuetos surgen a partir de que Freud produce el concepto de inconsciente.

Narcisismo.

El narcisismo es uno de los conceptos centrales de esta forma de entender lo psíquico. Después del concepto central de la teoría, que es el inconsciente, su concepto de campo, el que le sigue en importancia es éste. Vamos a centrar en él nuestra reflexión.

No hay nada que el sujeto ame más, que a sí mismo. En las psicosis, enfermedades en que la realidad se percibe carente de límites, este sentimiento de amor propio invade toda la realidad. Toda realidad, para el psicótico, está dentro de su sentir narcisístico; está, por así decirlo, dentro de sí.

Es el gran pegante de la realidad, aunque por no haber nada que pegar, debido a la falta de límites, todo se vuelve amor a sí mismo, primer sentimiento que nos ha hecho humanos.

Como verá el lector, consideramos al feminicida, como un psicótico. Se ha separado de su mujer, aunque sigue en su corazón, sintiendo que ella le pertenece. Le pega porque le pertenece y por eso mismo la mata. El psicótico siente que no termina de ser; por eso le pega, para ser; por eso la mata, para ser.

 Estas brutales acciones no le garantizan llegar a ser. De hecho, no lo consiguen.

El lector podrá objetar con justa razón que, aunque el hombre que se ha separado de una mujer amada, sienta por ello su dolor, por el que tenga que hacer un duelo, no tiene por qué matarla.

Pero, como hemos dicho, se trata de un enfermo mental; y no de cualquier enfermo, sino de una psicosis en que todo, está dentro del prisma de su amor propio.

Por eso, con nuestro sentido común, no lo podemos entender; pero el sentido común del psicótico es diferente, para él es normal sentir que todo es parte de sí.

En la falta de límites, no distingue a su persona, del mundo. “El mundo es mío, es parte de mi ser. No puedo perder nada porque me perdería a mí mismo”.

En este sentimiento está asentada la psicología del feminicida.

 

jueves, 21 de mayo de 2009

LOS HORRORES DE LA IGLESIA IRLANDESA


Es el título del artículo de Eduardo Suárez, corresponsal del diario El Mundo, 21.5.2009. Pág. 30. Subtitulado: Un informe oficial afirma que centenares de niños sufrieron abusos durante décadas en las instituciones de asistencia social regidas por órdenes católicas.
Referido a un informe oficial que acusa a jerarcas de la Iglesia Católica de Irlanda a ocultar durante décadas abusos físicos y emocionales a menores llevados a cabo en sus escuelas y reformatorios.
Como en otros apartados en que reflexionamos sobre casos sorprendentes de doble moral, este oscuro caso nos asombra y genera interrogantes. Como psicoanalistas, la pregunta que más se nos plantea es la de ¿Qué hay en la psiquis humana para que sean posibles estos casos de elevada contradicción entre la apariencia y la realidad?
La soberbia, que encuentra fácil escondrijo en las posiciones morales más puras, se manifiesta a veces en la perversión.
Una persona que se toma las cosas de su vida y su pasión, dentro de la conciencia normal de que somos humanos, aún más que humanos, humanitos, vale decir limitados y proclives al error, está centrada en la realidad y por ello hasta un cierto punto protegida contra estos extremos.
Siempre terminamos en la misma idea, que sostenemos dentro de la concepción psicoanalítica del sujeto, de que somos seres del símbolo, animales que hablamos, seres hablantes, que tenemos nuestro hogar por derecho natural en la casa del lenguaje. La “dicho mansión” o mansión del dicho, el “hablente” o hablante ser, de Jaques Lacan. Y ello nos condiciona a un conflicto esencial:
- Por una parte, nuestra conciencia es efecto absoluto de la palabra inconsciente que, como una ficha de ordenador, nos lleva a sentir como una verdad absoluta todo sentido – cualquier sentido - que nos impone.
- Por la otra, y proveniente de esta misma sujeción al símbolo; cuando este cambia en el fichaje del programa inconsciente, nos vemos abocados a sentir otra cosa con igual sentimiento de total validez.
Esta locura está en nuestra naturaleza. Conviene aclarar que esto no significa una justificación, porque estamos describiendo una mecánica y no una ética. La ética empezaría por otro tipo de pregunta, como por ejemplo la posibilidad de optar ante las tendencias de la psiquis, en cuya dirección no nos proponemos ahondar. No es nuestro campo de trabajo.
La hipótesis de la soberbia nos parece clave. Es sabido que el humanito tiene esta tendencia enraizada de un modo esencial. Nos remitimos a Freud en su trabajo ejemplar Introducción al narcisismo, en que desarrolla la propia imagen como el fundamento esencial de la identidad, que nos permite construirnos como sujetos.
Lo plantea como un pegamento, no como justificación.
El drama que enfrentamos como humanitos, es qué verdad de nuestro sentir podemos creer, cuando esta puede cambiar hacia otra, que sentiremos con igual realidad.
El personaje que con demasiada vanidad defiende una verdad y pasa a la contraria, o más aún cree esquizofrénicamente dos verdades opuestas, nos habla de esta complejidad del ser del símbolo.
Luis Schnitman
Madrid. 21.5.2009